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Dinamita

Su ventana daba a una calle polvorosa. Apenas se distinguía el asfalto gris, bajo esas capas de arena. Lima era así, polvorienta porque árida, fea, en ciertas zonas, porque joven, como lo son los adolescentes mientras crecen: algo que había aprendido del acné en su cara.
Quizás si no hubiese vivido en un cono, su sentimiento hacia la capital hubiera sido distinto. Decían que la Molina estaba llena de gras. Bueno, a decir verdad, Carabayllo también tenía plantas: pero la arena, justo como los barros de su cara, las cubrían y se pegaban en sus hojas y tallos. Los árboles parecían esculturas de polvo que los micros creaban, pasando por la pista, levantando su material de construcción.
Jamás le había gustado su cono. No porque se considerase alguien sobrado, era solo su desapego personal a las cosas que lo rodeaban, sentimiento que se había acentuado a causa del encierro. Tomar distancia del polvo y sus maldades, yendo a Plaza Norte o a Jirón de la Unión, le ayudaba a sobrellevar su disgusto y a olvidar su inútil quehacer diario, que era esa lucha constante e incoherente contra la arena.
Sin embargo, reconsiderando esos días de improperios y rabietas, Miguel se arrepentía de no haberlos apreciado más. Sí, jamás le había gustado su cono, su etapa en unos de esos lotes numerados y rectangulares, pero – ¡ay! – cuanto daría ahora para poder caminar entre el polvo y la arena, por poder observar de cerca las hojas grisáceas de los árboles.
No sabía ya cuanto tiempo había pasado. Se recordaba que las primeras semanas pensaba que enloquecería, sentía que rebotaba entre las paredes de la casa y la convivencia constante con sus familiares estaba logrando que los odiara. Luego, había seguido una resignación pacífica: no más combatir el polvo, no más lamentarse del claxon de los micros. Se limitaba a observar los días demorarse, como lo hacen los líquidos en el cuentagotas.
Se sentaba delante de su vieja computadora para asistir a las clases virtuales: solo para mirar la pantalla sin mayor emoción, sin poder concentrarse. Cuando escuchaba (a lo lejos) su nombre, aducía a problemas con el micrófono o con la conexión. Ya que más daba.
Y para cuando se pudo salir, Miguel ya no tenía más ganas de hacerlo.
Pasaba sus días al borde de su ventana, observando el cielo y las calles, como haciendo el ademán de asomarse al exterior para salir al fin, pero se arrepentía, lleno de miedo.
No por temor al virus, estaba seguro. Sino porque tenía terror que ni siquiera salir lo alegrara.
Suspiró en la cornisa de su ventana, un poco de polvo se levanto de las rejas. No tuvo ni la fuerza de indignarse.
El sol brillaba a través de las nubes.
Mientras recordaba una canción que hablaba de nubes que se iban y del sol que no regresaba, una voz femenina un poco desafina lo trajo a la realidad.

“Cause I I I’m in the stars tonight
So, watch me bring the fire and set the night alight”

Una chiquilla cantaba junto a la música alegre proveniente de su teléfono, a todo volumen.

“Shining through the city with a little funk and soul
So I’ma light it up like dynamite”

No había nadie más por la calle. La emoción en la voz de la chica tenía algo de conmovedor: y aunque si sabía que tenía que hacerse el loco, se quedó mirándola. Ella se dio cuenta de su presencia.
“Ay ¡qué vergüenza!” sonrió, dándose la vuelta con la intención de correr calle abajo.
“¡Oye!¡Espera!” la chica se detuvo, un poco asustada. “¿Cómo se llama la canción?”
Sonrió, contenta.
“Dynamite de BTS”
Tenía una bolsita. Seguro llevaba pan francés para el almuerzo.
“Es muy buena… muy alegre.”
Pareció indecisa por algunos segundos, después dijo “Mira, si te gustan… prueba a escuchar otras canciones, hay alegres como Dna, Dionysus… Idol… y también más tristes… Fake Love, Black Swan, Let m-”
“¡Rebeca! ¡Apúrate!” gritaron desde el fondo de la calle.
“Me tengo que ir… ¡escúchalos! ¡No te arrepentirás!”

A la mañana siguiente, Miguel retomó su eterna lucha contra el polvo. Y su voz acompañaba las que cantaban desde su computadora.

“Dy-na-na-na, na-na, na-na-na, na-na, life is dynamite”.

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