Día dos de tantos otros
Esa mañana se había despertado con algunos versos de Bertolt Brecht en la cabeza. En el transcurso de la noche había llovido nuevamente: la humedad y el sonido de la lluvia sobre las plantas habían evocado un recuerdo muy lejano en el tiempo.
Había leído los poemas de Brecht en la biblioteca cerca a casa, durante un verano tórrido, cuando era un adolescente en busca de aire acondicionado, más que de una experiencia estética.
Afuera, en ese entonces, la fatamorgana deformaba el horizonte.
“La lluvia
nunca cae hacia arriba
cuando la herida
ya no duele
lo que duele
es la cicatriz”
Sin embargo, después de la lluvia, en el bosque habìa quedado el rocío.
Lascia un commento