Día uno de tantos otros
Esa tarde había llovido. Padeció el peso de cada gota cayendo sobre su propio cuerpo. Y mirar el cielo oscuro fue como observarse al espejo.
Mojado, retomó la vía; el barro entorpeciendo sus pasos, pero si lo hacía con él, sucedería lo mismo al verdugo.
Apaciguado por este pensamiento, con dificultad se abrió camino entre campos vacíos y desconocidos. Consciente de que, según modulara su respiro, podía vivir una fuga o gozar de un viaje.
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