Día cero de tantos otros
Cuando lo notó, ya era demasiado tarde.
Al ensombrecer del día, mirando entre los árboles, los ojos del sempiterno perseguidor lo acechaban con un sentimiento que no supo descifrar.
El enemigo lo había encontrado por enésima vez.
Entretenido, parecía querer dejarle tiempo para intentar la fuga.
Porque no existía cazador sin presa, ni victimario sin víctima.
Se había dado cuenta de eso y era ya demasiado tarde: había comenzado a correr de nuevo.
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