El mar se quebraba en olas sobre el regazo de la orilla.
Sentadas sobre la arena todavía tibia, dos personas observaban el movimiento del agua y el reflejo lunar, que temblaba en la oscuridad del horizonte.
Una de ellas suspiró. El día se había acabado rápidamente, tanta espera y tanta ansia y los minutos habían volado. Entonces la tristeza se apoderó de ella y volvió a suspirar. El tiempo, su tiempo, se había agotado. Habría otra vez, otro encuentro, en otro sitio, una arena más caliente, quizás un horizonte más amplio. Lo habría, pero hasta entonces… ¿Cómo se suponía que sobrellevaría todo? La tristeza y la soledad se enlagunaban en sus ojos. No solo el reflejo, sino que además la misma luna temblaba ya.
“De aquí a un mes… quizás. Te escribo”
“Yo también… te escribiré” Pero no tenía la certeza de haberlo dicho.
“Vamos… es mejor… vamos”
Las olas seguían reventando en la playa. Poco a poco, el mar había ganado terreno y la franja de la orilla se había reducido. La arena gozaría de la frescura del agua, porque aún tenía tiempo. Ella ya no.
Comenzaron a caminar, a pies descalzos, sobre la vereda. Era una noche negra con la luna redonda en el cielo y algunas tímidas estrellas.
Como no había nadie, tomó su mano, con audacia, quizás un poco sonrojada. Temblaba porque temía que la soltara, que tuviera más miedo y la abandonara. Por eso cuando sintió una ligera presión, se alegró. Era verdad, le escribiría, se verían de nuevo. Y todo le pareció soportable, al menos por esos minutos de optimismo.
Quiso hablar, concretar la promesa como un hechizo, pero no supo cómo decirlo. La alianza era reciente y un silencioso acuerdo físico era más significativo que un anatema.
El cuerpo lo sabía siempre antes, el suyo siempre lo supo. Si su corazón se había alegrado, si sus ojos se habían secado a ese toque, el cuerpo ya sabía, las palabras iban a sobrar.
Caminaron así por mucho tiempo. El cielo iniciaba a clarear, cuando llegaron a la estación. Se soltaron las manos.
“Te escribiré”
Simplemente sonrió mirando el cielo.
La noche se estaba acabando.
Seguro el mar se retiraba poco a poco. Y pensó a como se sentiría angustiada la arena, secándose bajo el sol.
Es una escena portuguesa. Habla de verdadero romanticismo. Del amor en sus diferentes matices.
Caroline, lusofona.
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